Taller literario el baile de los niños.

Sunday, July 15, 2007

El anonimato de las bestias por: Carolina Vega .-


El anonimato de las bestias
Por: Carolina Vega .-

El sin saber jamás ha sido para las bestias.
Sacuden su cuerpo sin definir.

Su paso lento acentúa la abundancia de la jauría, precedida por una única hembra que escapa sigilosamente encantada mientras la vulva se le hincha.

Juegan a olerse los lugares más impúdicos sin siquiera tentar al miedo palabreado o silencioso que los acecha.
Jadean.

Jadean torciéndose y un serpenteo de lenguas enlaza el recorrido fatal de sus intentos fallidos por poseerse. Será para algunos la iniciación a un flirteo receloso de la carne; figura y sombra del placer que los corroe.

Están temblando de miedo, arropados en la multiplicidad de sexos y cuellos y orejas y acoples que estorban, pues la fidelidad está prohibida esta noche.
Se abrazan.

Cercan huellas indiferentes de la urgencia.
Se acarician torpemente dando jirones o escupitajos que humedecen el desvío de su ambigüedad.
No se sabe si están sonriendo u ocultando moretones colectivos entre los dientes.

Están bautizándose como una masa homogénea hundida en sus recovecos mal olientes. Diríamos intervención mezquina de sus entrañas. El movimiento se detiene mientras se apoderan del lugar para manosear a ciegas aquello que el instinto les supera. Entonces, sus caricias se alzan como puñaladas al funcionamiento grupal de sus alientos sin alimentar.

Jadean arrancándose los ojos; encajados a feroces uñas del despiste. Su señuelo descansa enmarcado en la marginalidad que los desmonta.

Se miran atravesados por un sol invertebrado como ronroneo o gemir o latido de voz susurrada al oído y el lóbulo que muerden.
Compiten entre ellos por un desenfado reflejo en la ventana.

La cama - calle se les hunde y endurece, amalgamándose a las fibras cutáneas que se crispan. Sin embargo son porfiados, como pupilas salientes y un gruñido cercena su pequeño territorio mientras la perra se echa sobre sí con la cola medio desviada.
Babean.

Asisten a la humedad de sus espasmos hasta que la carne rosácea escapa de sus vértices y no hay forma de evitar esa orfandad determinada por el flagelo de su nomadía.
La montan.

Debajo, la tierra se acomoda a la forma de sus patas traseras. Hay un enredo de pelos carcomiéndoles el abandono; dibujándose por primera vez en el espacio poblado de la ciudad.

Se hacen visibles mientras el sin saber avanza como un reproche filudo sobre sus cueros y la baba traslúcida que lubrica el resto de los demás delirios.

Ahora el frío no importa.
Retazos de invierno abarcan sus mordeduras.
Podría haber sido a oscuras y evitar el escenario lamido de sus extremidades.

No obstante, la clandestinidad les guarda el anonimato de decirse; de buscarse en el lugar equivocado para no amar.

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