Taller literario el baile de los niños.

Tuesday, February 20, 2007

PROLOGO

PROLOGO

MARCAS DE DIENTES
MUÉRDEME DESPACITO, PERO MUÉRDEME


Las madres siempre tienen la culpa de todo


Están sentados uno a cada lado, apenas se miran, apenas se imaginan que meses después, quizás en alguna noche de navidad, o en alguna tarde de café, armarían las voces, los gestos, las sonrisas más cómplices. Las escrituras rebeldes de estos dientes afilados/adolescentes, estos dientes furiosos de decir algo que marcaban la página y marcaban sus cuerpecitos en este baile perverso, y maravilloso, y siniestro, que fue mi invitación cada tarde de septiembre, de noviembre, diciembre. Cada tarde de sábado aparecían en sus cuadernos, libretas, hojas sueltas, la traición hermosa de la página en blanco, la revelación heroica de ese espacio por llenar, por inscribir, por contar. Cada tarde cuando se anuncia el: - niños escriban - ellos, los niños, desde el baile privado de sus miradas escribían, aquí están sus fragmentaciones, sus mundos personales, sus miedos, sus padres, sus amores, sus no amores: la marca de este libro. La mordida maravillosa de este gesto que se llama escribir, sobre esta pagina en blanco que se llama cuerpo. Todas estas son las marcas de dientes de esas tardes muchas, en que revolucionamos los sistemas, recortamos las palabras, trazamos las fronteras, inscribimos las miradas, repensamos el incierto control de nuestros deseos, desafiamos las ordenes del corazón vendido, y nunca / nunca negociamos el descontrol de esta aventura.

Juan Alvarado: el niño 1985

Juan Alvarado, reconstruye un otro lenguaje: el encabalgamiento, la sobre adjetivación, lo neobarroco de su prosa. El autor de colores mágicos, llego una tarde de la mano de su chica, llego a pintarnos a todos, a contarnos en un trabajo personal, desde la intervención de la imagen, de su imagen (la propia, la fotográfica, el “yo / poeta”), hasta lo surrealista y radical del quebrantahuesos, esas “primeras pinceladas encarceladas en una tarde naranja del Taller de los Niños”, donde el propio autor nos dibuja sus “escarabajos dorados y embriagados unicornios sexuales”, donde nos revela los dos planos: el cuadro/imagen y la teoría del “como”, los pasos a seguir como un instructivo poético, como las instrucciones de uso. Ahí están las funciones, los signos, su poesía y los materiales a utilizar: “tinta china sobrante de la básica oriental, saliva del bostezo de la ballena, diarios universitarios que nadie lee, ... plumones fluorescentes robados por el niño azul, tijeras, hojas de la esquelita broaden your life, papel y tinta del ciber -no virtual”. La escritura de Juan Alvarado, presenta un sujeto poético (el niño 1985) para retomar su yo totalizador, como él mismo señala, su lengua surrealista, no solo son esos colores, son también la biografía recortada, e instalada en su texto a partir de pinceladas rabiosas, melancólicas, desbastadas. Su biografía personal como la biografía de todo un país, el país del’ 85. Juan Alvarado, propone en este libro, sus trazos/colores, su reinvención de un lenguaje nuevo para nombrar su propio cuerpo, para justificar la rabiosa existencia desolada del escribir: “Durante mi existencia me he dedicado a eyacular estrellas (...) sin quererlo”.



Pancha, (si gritaste fue porque dolía)

Francisca Muñoz, habla de la diferencia; quizás lo interesante de esta nueva generación, es el replanteamiento de lo femenino, a veces, pasa mas por nuevas espacios, y otras veces retoma los signos mas emblemáticos de esa escritura, como una forma de reinserción, de citar, de una nueva forma de renombrar el cuerpo femenino desde el 2007, y desde los 16 años. “Las sábanas están jugando perdidas en los pies pequeños de niña miedosa que tiene mi hermana. Están dibujando su silueta al ritmo de los autos que oigo lejanos” .Pancha, la conocimos, casi sin leer, algunas veces, instalaba dos discursos desafiantes en el taller, por una parte la Pancha militante, rebelde, la que pintaba las murallas de la ciudad, la que instalaba discursos, la que escribió desde las acciones del CA.D.A, la que escuchaba atenta los movimientos artísticas que surgían como protesta desde el arte y el cuerpo, en los años 80; la Pancha que me encontré una tarde de celebración, cuando todo el país se alegraba por la muerte de la criminalidad y el horror, cuando la Alameda se veía mas linda. Ahí estaba la Pancha con la bandera roja más grande del país, con Lenin iluminado las calles. Esa misma Pancha, era Francisca Muñoz (con Z) que en las tardes de taller, mas allá de su discurso políticos, operaba desde el otro discurso, el discurso del corazón, el que intervenía con su poética, siempre rebelde, siempre iluminada como otra bandera roja, en la pagina en blanco por inscribir. La Pancha, menos niña, y mas sensible, la Pancha rebelde que nos hablaba de sueños, de formas, de días malos, de tragedias muchas, de inscripciones familiares, de dolores ajenos y personales: “me incitan al sueño estas curiosas color leche que quieren entrar por mi boca”. El lenguaje de Francisca Muñoz, es la incorporación de ese otro código, en ella la leche, la boca, el sol, la sangre, los labios, su nombre, son el territorio explorable; el atreverse a nombrar que esta generación no cuestiona, solo lo nombra, porque ya es parte, porque ya se formalizo el cariño y las rabias, ahora solo se escribe desde ahí, con la valentía de una poética nueva que escribe desde la toma estudiantil, una generación lucida; y así como se toman, las escuelas, los patios de las escuelas, las paredes amuralladas de esa escuela, se toman también, las calles, los sueños, la ciudad entera, y se toman las páginas de este libro, y de las próximas páginas que les quedan por escribir. Pancha, si gritaste fue porque dolía, por eso todas las otras clases, sus textos desafiaron el silencio de las primeras veces, para reposicionar la furia histérica del decir, el poder fascinante de la militancia rebelde con el lenguaje, con el habla, “Mírame, sí grité fue porque dolía, ese tiempo no fascina ni siquiera fue un vicio, regresé sola otra vez, como antes de ti, como antes de mí. La soledad no es lo que me duele, es tu ausencia”. Francisca Muñoz, apela a un otro, a veces desde la complicidad “allá ellos con su llanto y su tragedia, para mí tu dulzura no podría causar más que mil sonrisas, tal vez no vendrás más nunca, y yo vuelva a ser la misma tonta que lloró tristeza tu nacimiento” otras veces ese otro, es un “yo poeta” que se desplaza, “porque tú, Panchita, estás muy lejos de ti. Eso eres, la hija de tu padre, su whisky añejo, su habladuría barata;”, el maravilloso desplazamiento, el desborde de la apelación, el yo mismo recortado, fisurado por el habla propio de la escritura, el quiebre radical de ese “yo” que no acepta por institucional, por poco arriesgado, por no querer nombrarse desde ese fracaso “Francisca, cantas, ríes, caminas, luchas y hablas, eres mi espejo interno, no me dejas dormir en las noches”. Ese otro, desde la apelación a un autor (Lemebel), como homenaje, como dialogo, como rabiosa cita a su historia “Míralo, si no está dentro, en algún lugar debe estar. No trae mariposas, pero fue hecho para soñar el sol, está en nuestra boca”. Míralo, Pancha, como tu mismo lo escribiste: “todo lo que tocas se hace primavera”.

Nicole el corazón rabioso de esas tardes

Nicole Pizarro, rearticula, desde la metáfora, las zonas intimas de su poética, ahí están sus amores no resueltos, sus hablas, sus diálogos con un otro/otra que interviene y que hace tan bien y tan mal, que reformula, desde sujetos, en una larga historia de perdidas, desamparos, dolores. La metaforización desde figuras corporales: el corazón, la sangre, los labios, la baba. - Niños, escriban- y Nicole, siempre era la que mas demoraba en escribir, pequeñas sus anotaciones en sus libretas también pequeñas, reflejaban ese canto de amor desesperado, que no quería que nadie viera, pero sin embargo, y maravillosamente sin embargo, cuando Nicole leía, el silencio, se volvía una espectáculo, su tono, sus versos. La poética de Nicole Pizarro, es por una parte cercana a la voz maravillosa del Cortazar de Rayuela (capitulo 36, Bebe rocamadour, “crecemos en los pasamanos de las escaleras”, taller literario, piso 11, depto. 112) y es también la voz poética de Malu Urriola, como ese tejado, esa ciudad, ese cuarto propio: “en los cuartos vacíos el corazón pierde peso” desde ese lugar intimo y cerrado en que se rearticula el deseo y las formas de lenguaje. La autora nos habla desde esas cicatrices, esas marcas de dientes que se interpelan sobre su poética, “Tengo el corazoncito delgado y un montón de sueños quebrajados”. Nicole, sabe que todo lo que se dice es sin cariño, que todo lo que tiene que decir es un arma de desafió frente a la brutalidad de las ausencias “Tengo una rabia de ti. No tengo ojos de poeta pero me duele”. Nicole, habla desde el acto de la poesía, como un acto propio, “En los tildes se bosqueja tu boca”. Habla desde ese olimpo olvidado de Huidobro, quizás ahora atravesado, un olimpo más furioso por los aconteceres de estos tiempos, por las historias de amor ya no tan silenciadas en las plazas. “Y ahora era su poesía la que me rozaba la boca”. Nicole, desafía su miedo con el solo acto terrible y hermoso de su escritura. “Perdí el miedo a los perros a mis padres a las calles solitarias”.

Delfina el silencio y las cosas que quiero decir

Delfina González, instala una seria de registros poéticas frente a la respuesta irespondible del porque escribo, Delfina interroga su voz poética, su cuerpo, su lápiz frenético en torno al ejercicio del escribir, al oficio de artesano sobre la pagina en blanco. Delfina muestra cómo escribe: sus causas (donde estas), sus consecuencias (el dolor, la soledad), toda su poética es un registro desde el silencio, de la misma manera en que Delfina, apenas nos mostraba sus libretas con sus ejercicios intensos, con sus frases certeras, con la brevedad de la imagen, con la simplicidad poética de la palabra. La palabra que lo nombra, que lo pide, que interroga al otro, que ejerce su poder y su dominio como un cuerpo subalterno que emerge en estos tiempos de nueva poesía. El taller del baile de los niños, como espacio resignifico, el uso y abuso de códigos experimentales, que atraviesan arte y vida, biografía y escritura, como un cruce cerrado sin fronteras, y es Delfina González un ejemplo de como esa poética de lo biográfico, cruzo su propia historia, su propia imagen fotográfica paterna intervenida con sus versos en rojo, su propia mirada certera del “Infarto del alma”, de Paz Errazuriz. Delfina rescribió a Malu Urriola, y desde ahí también hizo una alianza con las estrategias poéticas de la escritura de mujeres que subvierten el lenguaje. El acto de la escritura, como el desarraigo personal “Aquí encerrada dentro de estas hojas blancas, donde la locura es dejada de lado”, la locura como espacio de lo femenino, la interrogante, la duda, el miedo “En estos días yo he tenido el privilegio de vivir mi locura tranquila, sin necesidad de esconderla. Y te contare lo que aquí veo, porque tu que vienes una vez al día, quieres saber”. Solo una vez al día, señala Delfina, solo una vez al día, vienes, y después la ausencia, y después el escribir. Delfina convirtió, su poética, en una luz breve pero luminosa, tímida pero potente en esas tardes del piso once. Delfina escribía mas rápido que el lápiz, “Mi lápiz aun corre frenético, pero ahora dibujando lo que veo, porque el me dijo que dibujara todo”. La apelación al genero femenino, en Delfina, resulta hermosamente retratado, desde lo colectivo, un nosotras solas, un nosotras perdidas un nosotras que se vuelve generador de un nosotras país en femenino, “Ahora ya he completado estas hojas. Estas hojas de papel blanco que escribimos entre todas” ese escribir colectivo, dónde el todas, son de alguna manera todos los nombres femeninos de la biografía, porque nada es necesario decir con grandes y extensos versos, la síntesis de su poética, es una virtud que enriquece las imágenes “Te haz convertido en el aire que no entra a mis pulmones, en las frases que me faltan, y necesito me ayudes a completar” Completar frases, que en realidad solo ella (y eso lo sabe) puede completar con la facilidad de sus bellos versos, con el atrevimiento radical de nombrarse, desafiando el peligro de la exposición, la suprimición de lo privado, como un cruce de arte y vida “Delfina, qué te puedo decir Vivo contigo y aún no te conozco”. Delfina, que te puedo decir, aquí están tus escrituras de emergencias, tus rabiosos silencios escritos, tu fascinación poética por el escribir.

Leo: nieve blanca mentiras blancas labios blancos

Leonardo Quezada, utiliza su poesía como un gran escenario de rock, donde las luces celestes del glam, se entrecruzan en el desborde de la posibilidad por una noche mas punk, por un deseo a escondidas, un poquito mas hardkore, o la utilización del ritmo, música, verso, prosa, como una baile desesperado, por los niños a los que les escribe, y a los niños a los que les baila “Te tienen para el ritmo y tu les baila /,Nadie te quiere realmente”. El desamparo, por el otro, es la justificación para la noche, como espacio poético, la nieve como lenguaje, las zonas blancas: el cuerpo, la leche, el día perfecto, como posibilidad de emerger en una poética desde el conformismo, pero también la necesidad desesperada, de decir, de instaurar con su estética rabiosa y postmoderna luces de neón, estrellas infinitas. Las ironía es el medio, “Hay que dejar espacio para que los bonitos hagan lo suyo, el no cariño es la emergencia, “Así que te acostumbras a pendejos para no estar solo. Nadie te quiere realmente” el cuerpo es el deseo, “Tus mentiras blancas siempre empiezan desde lo poco y nada que sale de tu corazón, ese delgado hilo de cariño que sientes por mí”. En Leonardo Quezada, existe la furia de decir todo desde la fatalidad, del reírse de si mismo y del reírse (enamoradamente) pero reírse de ese otro que hace daño con las bocas, con las piernas, ese que no saca a bailar en la pista de baile, que deja sin luces la cama de soltero, que deja sin ganas el cielo descascarado, porque en Leo, los días perfectos de su poesía no existen y ese canto de desilusión es la imagen resplandeciente de sus noches inscritas en este libro, “Yo no pude conocer los días perfectos”, ese otro al que le escribe, tiene toda las adjetivaciones celestiales que le pertenecen a su cuerpo, a su ojos, a sus labios “ Tu cara es perfecta / Es tan perfecta que podría cortártela/ Es tan perfecta que quiero ir a sembrarla /A ver si en los cerros crecen otros como tú”. Leo, sabe de esos fracasos y los inscribe con la ferocidad de su lenguaje, de sus apelaciones, de sus rabias inscritas en el cariño “macho” de esos cuerpos solos. “Tengo ganas de cosechar imperfecciones”. Leo, llego al taller, lleno de prendedores, en uno decía Niño Gato, en otras figuras, medallas, nubes. Leo encendió su música, fragmentos de la neovanguardia, desde el baile punk de Patti Smith, hasta la poesía rock de Bs. Aires, pienso en Cecilia Pavón o Gabriela Bejerman, o pienso en la des(moda) radical de Dani Umpi. Leo, hizo alianza rock-fusión poesía con el género epistolar, con la escritura de género como forma y reacción, con la intervención del machito boxeador de la fotografía de Paz Errazuriz, o esa tarde de rock Gran Avenida cuando escuchamos a la poeta Gladys González. Leo, revoluciona los versos, como si el baile, el cuerpo y la mano que escribe fueran una función estratégica “Tonto, hay un día perfecto/ Salgamos a cazarlos” La primerísima primera persona, como la desconstrución; Leo, escribe, lejos de los imperios poéticos, del poeta iluminado, las luces poéticas de Leo, están mas cerca de una ciudad despierta, que es testigo de la furia de los amores en las plazas o de la estética perdida de alguna chico en la esquina del corazón, “Leo, son tres letra / Una insignificancia en vías de crecimiento” Todo su poética habla y desarticula los códigos de poder de la escritura de las diferencias para rescribirlas, desde el presento, con una estética mas cercana al otro contexto, uno mas abierto, donde todos los deseos bailan, pero siempre desde la misma fatalidad del roce “Todos viajan a ti/ Con el pasaje de ida y vuelta en el bolsillo, (nadie viene a quedarse).” La escritura de Leo, es la escritura del desquite, del olvido, de la tarde sin ti, “tus mentiras mas salvajes se escriben en delgadas líneas blancas alejadas del cariño”. Las mentiras blancas de Leonardo Quezada, surgen del genero erótico, como estética de esos cuerpos y esos no decir del cuerpo, porque ya todo se escribió desde ahí, “Odio a los Dj´s que transforman la pena en una razón para besar”. Leo, nos escribe con pestillo, cuenta su amor desde esa pieza del fondo, donde nadie los mira, no porque no quieran verlo, no porque no acepten ese baile ya tranzado por el libre consumo exacerbado del cuerpo homosexual, sino porque desde ahí es mas lindo, mas romántico, es mas cercano a su baile personal “te bailo solo a ti con pestillo, te demuestro mi justificación del cariño, buscando un cosquilleo intermitente en la pelvis. Buscando algo mas que salga de ti.” Todo un canto mitificando las nuevas divas envejecidas por la pantalla personificada, glamoroso y exagerada de la minoría “Nina Simone, acógeme Por que nadie quiere cogerme”. En este libro, Leonardo, Leo, las tres letra, interpelan ese sujeto flourecente de la noche heavy metal punk para posicionar su bella historia de amor, su terrible historia de amor:“Yo lo hice a mi manera Nina/ La manera de los machito /La manera amanerada de la norma”. Todo esta en el cielo, Leo, todo, todo esta en el cielo, ese que esta escrito como marcas de dientes en las paginas de este libro “Se caen los aviones/ Se caen los travestís desde sus altas plataformas/Y no me voy a caer yo?”.

Carolina: los animales no estaban sonriendo

La escritura de Carolina Vega, rescata los vestigios de la escritura de mujeres, y a la vez los reviste con las nuevas tecnologías, los nuevos frotes y deseos, las nuevas marcas del abandono, las nuevas cicatrices post modernas de un nuevo cuerpo mujer, que reconstruye sus heridas, su memoria, su política de visibilidad. Carolina Vega, instalo en el taller una acertada reescritura a la narrativa de Eugenia Prado, y a los códigos del cuerpo / sangre / poder, de la novelística de Diamela Eltit. Carolina desde lo neobarroco, cuando leía cada clase en el taller, nos llevaba por su biografía, en un viaje por un funicular, donde instalaba nombres, playas, afectos, rabias. Todo en Carolina era una fotografía parchada, recortada, adornada por brillitos, por lápiz violeta, por flores olvidadas, por reinscripciones y formas. El lenguaje de Carolina Vega, es el protagonista de sus textos, como dice, como nombra, como ejercita la palabra desde al fuerza radical del verso “Es ese maldito cariño el que cierra la boca llena de llagas para no mascullar el malogrado cuerpo prestado”.. Conocimos a Carolina, llena de magia, colores y sueños, los traía cada tarde de taller, en miles de bolsitas distintas, en miles de cajas y formas. Carolina, leía, y enmudecía a todos, su tono, su ejecución vocal, su musicalidad anunciaba el corpus poético, los sujetos que instalaba del habla, “Los peces y gatos” que nadan en su texto, y el ejercicio del escribir como posibilidad y como enunciado “Por eso se escribe y se dice que duele; aunque los peces y los gatos jamás puedan comprenderlo”. En el ejercicio de géneros confesionales, Carolina Vega, presento un hermoso trabajo de diario de vida, ahí aparece la Cárcel, la prisión política, la tortura de mujeres, el cuerpo herido, el otro que no está, el género del diario, permite marcar la condena terrible de esa tragedia, la fuerza del lenguaje esta en como ejecuta de manera notable esa atmósfera, ese dolor, esa derrota, esa perdida, como señala en este bello verso: “Hoy soñé contigo José y la última vez que hicimos el amor como despedida o reproche a estas cárceles que son el cuerpo”. Todo esta dicho ahí, toda la emotividad despiadada, de este territorio inexplorable de las cárceles de mujeres en Chile, pienso en Maria Carolina Gel, o pienso en la prisión política de Sybilla Arredondo: “la noche ésa en que mi cuerpo tuyo tembló desde el refugio del sol a la penumbra de sabernos buscados”. Una escritura que desafía el margen, y lo señala con lucidez en sus versos “he aprendido a inventarme bordes.” La erótica de la palabra “Apenas hoy me atrevo a tocarme lo que queda de mi”, la violencia de los cuerpos “Todas las noches ellos vienen por mí y yo sólo quiero bailar contigo sobre luces escarlatinas.” Carolina Vega. sentencia en su poética, una estética de lo híbrido entre géneros, entre lo narrativo a veces, la prosa poética muchas veces, el verso como ejercicio. Todo lo nombra como fotografía de la infancia, “Tu silencio incorpora mi silencio porque hasta nombrarte puede poner a los animales tristes”. Carolina, interpela un cuerpo herido, como historia terrible de país, como imaginario colectivo, como metáfora de animales tristes: “Ese día fuimos al zoológico y los animales no estaban sonriendo”.



Las Madres

Es verdad, o quizás no lo es. Las madres siempre tienen la culpa de todo, o en realidad no la tienen. Las madres buenas y malas, las madres son culpables de todo lo que hacemos y lo que no hacemos, o quizás es más fácil así, es más fácil culpar a la madre patria, a la madre estrella de Chile, a la madre dictadura, a la madre transición, a la madre oficialista. Hoy, el Chile de hoy, esta lleno de madres, madres sobreadjetivadas, madres ilegitimas, madres certeras, madres cómplices. El taller del baile de los niños, de ese ultimo semestre del 2006, intento inscribir a esas madres, releerlas, míralas, traducirlas, rescribirlas. Las madres literarias, todas las mujeres que publicaron en los’ 80, rescatadas en ese piso 11, en ese frió y despoblado edificio de Santiago centro. Pensé en presentar a esas madres, porque este libro, este taller, y las escrituras de estos jóvenes poetas emergentes, son el resultado de esas otras escrituras, nada podríamos haber publicado si ese grupo de chicas potentes no hubiera surgido en este país, sin “La Bandera de Chile” imposible, sin “Por la Patria”, imposible, sin “Vía Publica”, imposible. Pensé, también en presentar a otras madre olvidadas, y pensé en las madres híbridas, en la emergencia por presentar las nuevas posibilidades de literatura, el video, el collage, la música, la ciudad entera, la noche, sus noches, el cuerpo, la fotografía, todo es poesía, cada gesto de su pelo o de su ropa puede ser el mejor poema escrito en este país. Por eso las madres, por eso estas madres, todas las madres que aparecen en este libro, son las responsables, no solo de las cosas siniestras, sino también son las culpables del nuevo nacimiento de esta nueva escritura que en estas paginas empieza a florecer. Porque todo es biografía, y toda biografía es poesía. Porque todas las madres siempre tienen la culpa de todo.


Diego Ramírez Gajardo,
enero 2007

4 Comments:

Anonymous delfina said...

quedo genial ese prologo, me encanto


y no lo queria subir completo!, habria sido un crimen! eje

10:24 AM  
Anonymous nicole said...

eeeh
que lindo
el otro día la carola me había dicho que el blog estaba más tirado que pucha..! cuál era la analogía?
ayy no recuerdo pero era algo lindo *-*
xD la cosa es que tenía razón.
el blog estaba olvidado.
ustedes no, por supuesto
so much love for us.
;D
besos!

11:57 AM  
Anonymous JUAN said...

MUCHOS MUCHOS....

5:14 PM  
Anonymous estrella violeta said...

ya los quiero ver y regar las plantas de la ale!!!!!!!!!!!!!!!!!!

5:38 PM  

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